"Nos dejan" - Crónicas desde el Infierno es una historia novelada por entregas que se actualiza semanalmente, y narra la supervivencia de veinte personas atrapadas en una isla con un enorme volcán al borde de la erupción. Debajo de este texto aparecerán los capítulos más recientes, como en un blog. Si entras por primera vez, probablemente quieras empezar por el principio, o echar un vistazo a la hemeroteca para entrar en situación. Usando el menú de la derecha puedes navegar por toda la narración disponible, en forma de diario. Para más información consulta el apartado "Acerca de". Que disfrutes de la lectura.

Moisés Cabello Alemán

01
May

Día 5 - Supervivencia (II)


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-Yo creo que deberíamos volver, a avisar a los demás -dijo Manuel.

A Cristina le costaba pensar. El día anterior vieron un vehículo -tal vez una furgoneta- perderse en una carretera lejana. Hasta este momento, casi al mediodía, estuvieron dándole vueltas al asunto y ninguna suposición era buena. Casi todos pensaban en los aún anónimos atacantes del igualmente desconocido conflicto que se estaba produciendo en el exterior. ¡Pero ya estaban en el sur de la isla!

-Estamos ya cerca del puerto, Manuel -dijo ella-. Me duelen los pies de caminar, no vamos a volver ahora sólo porque hemos visto un coche.

Manuel tampoco parecía muy apasionado por su propia idea.

-Lo que usted diga. Sólo digo que deberíamos hacerlo. Es mi opinión, señora.

-Tomo nota, y me llamo Cristina. ¿Y si son de los nuestros? ¿Y si han venido desde La Gomera a rescatarnos?

-No los vi yendo al norte, precisamente.

-Pues tendremos cuidado. ¿Hemos descansado ya? -dijo Cristina a los demás. Caras un poco cansadas asentían. Si alguien tenía la misma preocupación que Manuel, no lo reveló-. Muy bien, vámonos.

Cargando su mochila, encabezó la marcha. No sabría decir cuánta confianza tenía el grupo en ella, la presunta furgoneta era una variable completamente nueva y la idea de regresar a la estación de guaguas, muy tentadora. Empezaban a divisar a lo lejos la torre de control del antiguo aeropuerto del sur -Tenerife tuvo dos aeropuertos operativos-, lo que les animó a continuar, pues sabían por las indicaciones de Andrés que el puerto estaba poco después, y era muy probable que en los alrededores hubieran barcas de pesca dejados por sus dueños en la evacuación.

-Uh… espera… -dijo Manuel agudizando la vista.

Todos se pararon, pendientes de él, pues fue Manuel el primero en advertir el vehículo el día anterior.

-¡Ahí viene otro! -dijo en voz alta mirando a Cristina.

Cristina dudó. ¿Lo esperaban? ¿Se escondían?

-Señora, haga usted lo que crea conveniente. Yo me abro, con su permiso.

Los demás no tardaron en seguir a Manuel, lo que no dejó a Cristina otra opción que seguirles. Se escondieron tras los arbustos que había al otro lado de la carretera, y en silencio esperaron.

El sonido tímido de una mosca se fue convirtiendo en el claro rugido de un motor pesado. Estupefactos, contemplaron a un camión con la carga cubierta de lona y un…. soldado custodiándola. Al menos eso es lo que parecía, portaba un uniforme verde oscuro, con gorra del mismo color, y una especie de metralleta colgando del hombro. Por lo poco que pudieron verle la cara, sus rasgos parecían occidentales.

Cristina, apurada al ver cómo se alejaba el vehículo, se dirigió a Manuel.

-¡A lo mejor son de los nuestros! ¡Podemos decirles dónde están todos!

-Salvo que hayan cambiado de modista ayer, ese tío no era un militar español, señora. ¡Escuchad!

¿Otro vehículo? No, esta vez Manuel miraba al cielo, de cara al mar. Un avión de grandes dimensiones volaba cada vez más bajo en dirección hacia ellos.

No cabía duda. Iba a aterrizar en el aeropuerto.

* * *

-¿Nadie tiene cremita de bronceado? -dijo Francisco molesto-. ¡Cómo atiza el Sol por aquí, si ayer nos comía el frío!

-Aunque se venda esto como un paraíso tropical, el clima cambia muy bruscamente, tanto en el tiempo como por la zona -replicó Andrés.

El aire era relativamente fresco, pero engañaba porque el Sol era implacable con la piel. Al comienzo de la fila de caminantes, Marcos y Ana reían aparentemente ajenos a este hecho, y Roberto les secundaba intentando entrar en sus conversaciones sin demasiado éxito. Entonces Marcos se detuvo, mirando al frente. Habían tomado una curva que les descubrió un paisaje nuevo para ellos, que provocó gritos de júbilo entre los geólogos.

-Estamos en el Sauzal -dijo Andrés.

Una enorme ladera verde con pequeños cúmulos de viviendas llegaba hasta el mar. Al fondo asomaba un gran núcleo urbano en la costa, y más allá, sobre una débil fila de nubes, se alzaba el Teide. Expelía una notable fumarola desde el cráter, que no había cambiado demasiado desde las últimas imágenes que vieron en televisión.

-¡Así que este es el gran grano! -exclamó Francisco- No parece gran cosa.

-Porque estamos lejos -replicó Andrés.

Marcos y Andrés comentaron el paisaje, y los demás miraban asombrados, sus manos en la frente y los ojos entrecerrados.

Ana, por su parte, se sentó en una piedra tras el grupo para reorganizar su mochila porque algún objeto se le estaba clavando en la espalda y molestaba al caminar. Francisco se aproximó discretamente a ella, hasta ponerse a su lado. Hacía como que miraba también el volcán.

-¿Todo bien? -dijo sin mirarla.

Ana alzó la cabeza, extrañada.

-¿Por qué?

-El viaje es largo y la situación es tensa. Conviene que estemos todos serenos.

-Pero si yo estoy estupendamente -protestó ella.

Francisco sonrió sin ganas, aún mirando el volcán.

-Tú siempre te las arreglas para estar estupendamente, eso ya lo sé. Aún a costa de tener a Roberto de perrito faldero y mirando a Marcos con ganas de rebanarle el pescuezo. Así que vigila lo que haces con el menda, porque yo te voy a vigilar a ti.

Ana volvió a protestar más enfadada, pero Francisco ya regresaba con el resto del grupo. Notó que el entusiasmo no era el mismo e intentaban divisar algo en dirección al volcán.

-¿Qué pasa? -dijo al fin sin poder reprimirse.

-Es en aquel lado -le decía Andrés a Marcos, señalando el volcán-. ¿Lo ves?

Marcos agudizaba la vista cuánto podía.

-Podría ser.

-Yo sí lo veo -dijo Roberto.

-Créeme -insistió Andrés-, estoy muy acostumbrado a la silueta del Teide. Eso es nuevo.

-Si vais a ignorarme hacedlo con estilo -se quejó Francisco.

-Un lateral del Teide está más abultado que de costumbre -le dijo Andrés.

-¡Vaya! -exclamó Francisco- ¿Al gran grano le ha salido otro? ¿Y eso es bueno o malo?

-Si lo que dices es cierto -dijo Marcos ignorando nuevamente a Francisco-, la presión ahí abajo debe de ser descomunal, y ya está buscando por dónde salir.

-Ya veo, malo -sentenció el técnico.

-¿Y eso que significa? -preguntó Andrés a Marcos.

Este se limitó a negar con la cabeza y volver a por su mochila.

-¿A que jode? -le dijo Francisco a Andrés-. Pero para que veas que yo no te ignoro, diría que el gran grano está a punto de caramelo.

-No tiene gracia -replicó Andrés.

-¡En marcha! -gritó Marcos dando palmadas a los obnubilados por el volcán.

-¿Cómo que en marcha? -protestó Roberto-. Íbamos a descansar aquí.

-No creo que tengamos tanto tiempo -se limitó a decir Marcos.

21
Abr

Día 5 - Supervivencia (I)


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Girome permanecía refugiado bajo el techo de la estación de guaguas, charlando con sus colegas. Aunque quedarse parecía menos arriesgado, nadie estaba tranquilo. Aún estaban cerca de los restos humeantes del centro y sentían próximo el cadáver de Sven.

Tras la conversación se acercó a la carretera, mirando el horizonte. Estaba terminando de amanecer. Notó que Estela se le acercaba lentamente, mirando el suelo de brazos cruzados. Volcanóloga murciana de cuarenta y cinco años. Unos grandes ojos observaban tras las redondas lentes de sus gafas, en ocasiones ocultos por un fleco castaño. Él fingió no percibir su presencia, pues ella parecía dubitativa, dando rodeos antes de aproximarse del todo. Tal vez no supiera qué decir. Pero que quería hacerlo era un hecho.

-¿Y cómo sabemos ahora si los próximos que vengan son amigos o enemigos? -dijo ella al fin.

-Acaba de empezar el día, no te pongas a pensar en eso -le dijo Girome con pocas ganas de conversación.

-No, claro, será mejor pensarlo cuando lleguen -replicó ella antes de suspirar-.

De pronto, sin mediar palabra, Estela se puso a llorar. El francés dudó unos instantes, y decidió frotarle suavemente el hombro, susurrándole que se calmase. Algunos llevaban mejor que otros la tensión, no podía culparla.

-Mi marido, mis dos hijos… -sollozaba ella.

-Ya… ya… -le susurraba Girome.

-Esto es inhumano, Girome. Ya ni sé si debo preocuparme por lo que mi familia puede estar pensando de mí, o si debería preocuparme por lo que les puede estar pasando a ellos.

Y a mí que me cuentas, pensaba Girome. No se le daba nada bien dar ánimos. El día anterior toda la gente que había conocido en los últimos dos meses se dividió en tres grupos, y dos de ellos desaparecieron de su vista. Pensaba en ellos a cada temblor de tierra. Qué carajo, que le animaran a él.

-Seguro que están bien -se limitó a decir.

Un sonido muy familiar llegó a sus oídos, y Estela le miró con renovado interés.

-¡Un avión!

Girome se puso muy tenso. ¿Qué podían esperar ahora? Mandó a todos levantarse y recoger sus cosas, pues al localizar el avión descubrió con horror que iba a pasar justo por encima de sus cabezas. ¿Les habrían localizado bajo la antigua estación de guaguas? Eso significaría que tendrían una bomba sobre sus cabezas para siempre.

Pero no hubo bomba. Girome contempló sin salir de su asombro cómo se desplegaban unos paracaídas oscuros que contrastaban enormemente con la claridad del cielo. Esperaban expectantes ver la silueta de la persona que descendería con él. La trayectoria parecía tener como objetivo el centro, ahora destruído. ¿Y esa persona sería amiga o enemiga? Pero a medida que se acercaba descubrió que lo que pendía del paracaídas no era un ser humano, sino un montón de paquetes atados.

-¡Va al centro! ¡Vamos! -gritó Estela. Los demás la siguieron de inmediato, lo que unido a la falta de prudencia molestó a Girome.

-¡Eh, esperad! -gritó por su parte- ¡Eso podría ser otra bomba!

-¡O comida! -replicó ella alejándose.

Soltando un bufido de resignación, emprendió la carrera tras ellos. No comenzaba el liderazgo del grupo con buen pie.

En pocos minutos llegaron a los alrededores del centro. Ahora, aunque en ruinas, tenía un aspecto tranquilo. Localizaron el montón de paquetes entre los escombros, pero Estela no acudió con la misma efusividad. Todos se miraban dubitativos, pensando lo mismo: allí yacía Sven. Mi turno, pensó Girome. Se adentró confiado en el área del centro gesticulando para quitar reparos a los demás, aunque él también estaba nervioso. Por su cabeza pasaron turbadoras imágenes de la huída del centro, mientras el pobre Sven se quedaba plácidamente dormido. Casi notaba la acusadora mirada de su cadáver desde donde quiera que estaba.

Rodeó el gran paquete con desconfianza, como si fuera a explotar de un momento a otro. Cuando los demás comenzaron a acercarse también, Girome se relajó. Vio una nota pegada a un lateral con cinta adhesiva, que tuvo que leer de cuclillas:


COMIDA, MEDICINAS Y ALGUNAS ARMAS. HAY GUERRA. ES POSIBLE QUE DESEMBARQUEN TROPAS ENEMIGAS EN LA ISLA. EN BREVE IREMOS A POR VOSOTROS. NO OS MOVÁIS DE AHÍ


-Pues tenías razón -suspiró Girome-. Comida y algunas cosas más -añadió señalando la nota.

-¿Qué pasa? -dijo Estela. Girome le señaló la nota.

Al leerla, Estela se llevó las manos a la cara, sus ojos vidriosos.

-Dios mío…

-¿Y ahora qué te pasa? -dijo Girome lamentando no haber medido su tono de voz.

-Pasa que hubiera preferido un paquete más pequeño y una nota más grande, fransuá -replicó ella envarada.

-Perdón, perdón. Lo he dicho sin pensar.

-Y los demás desperdigados por ahí… tenemos que ir a avisarles -le dijo Estela con las manos apoyadas en la cintura.

-Un grupo ha contado con las indicaciones de un guía, y el otro grupo… tiene al guía. ¿Qué tenemos nosotros?

-¡Joder! -gritó ella con rabia dando un pisotón.

Girome se quedó pensando en una cuestión importante. La cosa se estaba poniendo fea, y la gente hace cosas feas en situaciones feas.

-Estela -le dijo en voz baja mientras desembalaban los paquetes-. Ahí hay armas, ¿sabes si alguno de los demás les tiene digamos, cariño?

Ella hizo una mueca que daba a entender que no tenía ni idea. Al parecer no fue el único en darse cuenta.

-¿Qué hacemos con las armas, una para cada uno? -dijo alzando la cabeza Román Herrera, geólogo madrileño de treinta y seis años. Lo más característico de él era la palidez de su piel. Debía tener parientes nórdicos.

Ya tenemos un candidato, se lamentó Girome.

-Las caja de las armas no la desembaléis. Las guardaremos en la estación, y esperemos no tener que usarlas. No son juguetes.

Román asintió y la dejó a un lado. Fue a preguntarle a Estela que qué le parecía Román, pero al volverse no la vio.

-¿Estela? ¡Estela! ¿Alguien la ha visto?

-Con nosotros no está -dijo Román alzando de nuevo la cabeza sobre el grupo que sacaba las cajas.

-¡Aquí! -la oyó gritar lejos.

Maldita sea esta mujer, se ha adentrado en las ruinas.

Caminó por ellas intentando no torcerse el tobillo. Entonces vio parte del barracón del centro. No había quedado tan dañado, tan sólo se había venido abajo el techo. Vio a Estela de pie mirando los escombros, temiendo que hubiera encontrado el cadáver de Sven. ¿Por qué se puso a buscarlo? ¿Y porqué carajo tenía que enseñárselo? ¡Ya sabía que estaba muerto!

Se puso a su lado, mirando una litera tumbada en el suelo.

-Dormía ahí -dijo ella señalando la litera y los alrededores, volviéndose a poner las manos en la cintura y mirándole a los ojos-. ¿Tú le ves? Porque yo no.

Girome sólo pudo titubear.

Diario

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