Abr
Día 4 - Partida (I)
Andrés fue de los primeros en levantarse, antes incluso que Marcos. La noche fue muy larga para él y ya no podía dar más vueltas en la cama; el frescor matutino le hizo ponerse la poca ropa de abrigo que pudo rescatar del centro. Por lo menos la cubierta de la estación de guaguas les protegía de la lluvia. La zona del aeropuerto siempre era fría y húmeda.
Pensó mucho durante la noche sobre su papel allí. Oficialmente fue escogido por el pueblo tinerfeño para representarlo en la isla. La decisión de evacuarla fue enormemente polémica, y los políticos se resistieron con uñas y dientes para no perder su poder. Pero como el asunto trascendía mucho más allá de lo local, tuvieron que aceptarlo. Se presentaba como algo temporal en cualquier caso. Andrés era hijo de un importante político del cabildo tinerfeño, y extraoficialmente, fue escogido a dedo por él. Su padre le prometió fama y dinero para cuando terminara la cuarentena, y ahora empezaba a dudar que tal cosa fuera a ocurrir.
Era consciente de sus posibilidades, y se sabía prescindible en aquel lugar. A menudo notaba que los investigadores le dejaban de lado, aunque él intentara mantener la imagen del nativo: era él quien estaba en su territorio, y los otros husmeando. Ahora que aparentemente existía un conflicto muy grave en el exterior… ¿Quién sabe? Podría ser útil. Marcos le levantó el ánimo en ese aspecto al elegirlo como guía. Pero con honestidad se sabía poco valiente o amable respecto a estas situaciones. Temía lo que contaran de él al acabar la cuarentena.
Los demás comenzaron a despertarse. Marcos se dispuso a hablar con Cristina, que lideraría la marcha al sur, y con Girome que eligió quedarse el primero. Se aproximó para saber de qué hablaban, y casi se cae por una pisada en falso; el suelo tembló con cierta gravedad, y la mayoría lanzó gritos de sorpresa y silbidos de asombro. Había sido fuerte.
-No os reviente cuando os acerquéis -dijo Cristina a Marcos.
-Lo haremos poco a poco. La cuestión es no permanecer demasiado tiempo incomunicados. No tenemos radios ni teléfonos, así que ya que el grupo de Girome se va a quedar, podemos mandar cada equis días a algún miembro de nuestros grupos al refugio provisional que tenemos aquí para contarnos qué tal va todo.
-En algo así estaba pensando -dijo Cristina-.
-Y cuando vuelvan los militares yo ya sabré decirles dónde estáis -añadió Girome-.
-Perfecto -coincidió Marcos.
-¿En qué momento Marcos se ha declarado líder de nuestro grupo? -dijo Roberto enrollando su saco de dormir. La espalda le dolía horrores.
-No empieces otra vez con eso -dijo Ana somnolienta, aún en el suyo.
-En serio, aquí si no haces nada se ponen cuatro a manejar el cotarro. Es increíble.
-¡Hola! -dijo Francisco alzando la voz, aproximándose-. ¿Este no es el equipo que va a examinar el gran grano? ¡Nunca he visto uno de cerca!
-Oh, por Dios… -se lamentó Ana-. No vengas a molestar, además, no eres geólogo.
-Eh, tengo inquietudes, y no me perdería por nada del mundo ver a Roberto intentando desbancar a Marcos como líder del grupo.
-Paso de ti -dijo Roberto a lo suyo ignorando la provocación.
Francisco miró a Ana sorprendido, señalándole.
-Pasa de mí.
-Mira, Francisco -dijo Ana alzando el dedo-, no quiero tenerte de mosca cojonera todo el viaje ¿Vale? ¿Qué pasa? ¿Nadie más te quiere o qué?
-¿Y si me porto bien? Mira, Roberto pasa de mí.
Ella suspiró levantándose y recogiendo su saco.
-Haz lo que te de la gana.
Cuando los dos grupos estaban preparados para irse, Cristina se aproximó a Francisco.
-¿Vas con ellos? Pero si no eres…
-Nunca he visto un volcán de cerca -cortó Francisco.
-Puede ser peligroso.
-Aquí cualquier cosa puede ser peligrosa. Al grupo que se queda le puede caer otro bombazo, y a vosotros… Tened cuidado, ¿vale?
Una sonrisa enigmática modificó el rostro de Cristina, sucedida por un incómodo silencio. Finalmente ella dio el paso, tendiendo la mano. Él respondió al gesto, aliviado.
-Cuida de ellos -añadió-. Yo intentaré que estos locos no se tiren al cráter para ver lo que hay dentro. Ya… nos veremos.
Ella le sostuvo la mirada unos instantes, para luego hacer un gesto con la mano que restara dramatismo.
-Nos vemos.
Alzando la mochila llamó a los demás, quienes se despedían de los restantes grupos. Andrés les dio unas últimas indicaciones, pero básicamente se trataba de recorrer la isla por la costa, lo que les mantenía siempre relativamente lejos del Teide. Comenzaron a alejarse de la estación por la vacía autopista, en dirección contraria al grupo de Marcos. Para su sorpresa, se produjo un incómodo silencio, nadie quería hablar. Las circunstancias, supuso. Y un silencio que daba miedo romper. Sólo se escuchaba la fría brisa que cuando les acariciaba la piel les ponía los pelos de punta. El paisaje, una carretera larguísima y abandonada, no servía de ayuda. Cristina se sorprendió de lo ausentes que parecían de repente, pero es ahora cuando tenían tiempo para pensar. En el mundo más allá de la costa. En sus seres queridos.
Durante al menos un par de horas recorrieron sin apenas hablar la carretera, en parte absortos en el paisaje. Esto no quitaba el hecho de que se mantuvieran alerta ante cualquier sonido extraño, por ejemplo de aviones -y patente quedó que no necesariamente a sacarles de allí-. Con todo la cercanía del mar les reconfortaba de alguna manera. Pero ella no podía dejar de inquietarse por el grupo que iba camino del Teide. Aunque, ¿se preocupaba realmente del…?
-¡Eh! -gritó Manuel-. ¡Escuchad!
Se detuvieron, agudizando el oído. Un motor, muy lejos. Sonaba extraño para ser un avión, parecía más bien una avioneta. Miraron en todas direcciones, confusos, pero fue nuevamente Manuel el primero en percibirlo, señalándolo.
A lo lejos, un vehículo cruzaba lentamente el horizonte por tierra.
-¿Pero qué…?

