Día 3 - “Infierno” (I)
Mierda de vida, pensó Marcos echando un trago de su cantimplora. Al contrario que sus compañeros, él no se moría de ganas por quedarse allí. Dos meses llevaba en el centro, y cada día era igual. Tomar notas, sentir algún temblorcillo, volver a tomar notas, llamar al colegio de geólogos, hablar con la prensa… él era un geólogo de campo, maldita sea. El Teide era uno de esos sitios de los que siempre tomaba como nota mental visitar cuando le fuera posible.
Pero en cuanto llegaron les dijeron que el perímetro de seguridad era básicamente la base y el aeropuerto. Tenía un volcán estromboliano joven, vivo y rugiendo a una hora de distancia y no podía acercarse. ¿Qué diablos pintaba allí? Para sacar conclusiones de los datos del satélite no tenía que viajar. O sí, en este caso. Estaban bajo un control férreo de la divulgación de los datos que se manejaban allí dentro, y quizá fuera lo único satisfactorio: Marcos era realmente uno de los pocos mortales que conocía el verdadero estado del Teide.
Pero los últimos acontecimientos le desentumecieron la mente. Si estaban incomunicados, y los militares no estaban allí vigilándoles…
-Estas chalao -le dijo Manuel desde la litera de enfrente. Eran las nueve de la mañana y por fin todo el mundo pudo dormir por la noche-. Yo no creo que esto dure mucho, y como se enteren de que te das el más mínimo garbeo por ahí, te castran. Amén de que alimentarías los rumores que nos ponen de saqueadores de barrio para arriba, y por eso sí que nos castrarían a todos, si no lo hace el propio Andrés en persona.
-Sólo era un deseo -replicó dando otro trago-. ¿Y tú por qué estás aquí?
-Porque me mandaron. Yo soy funcionario, colega, no tengo nada que investigar aquí.
-Como Francisco ¿Eh?
-Francisco… anda, déjame un trago. Francisco es a la vez la persona más habladora e inescrutable que conozco. No cierra el pico, pero lo que es hablar de sí mismo, nada. Sólo te puedo decir que lo normal para estar en nuestro puesto es haber llegado como yo. Tampoco me interesa su vida, la verdad.
-¿En serio no sabes nada de él con el tiempo que lleváis trabajando juntos?
-Trabajando juntos… bonito eufemismo. Cada cual a lo suyo. Juntos o separados, pero trabajo. No me cae bien. A nadie, supongo, ni viceversa.
-Tipo raro.
-Tipo gilipollas.
Marcos sonrió.
-Voy a salir fuera, quédate con esto -dijo dejándole la cantimplora.
-Que te vaya bien, colega.
Aún estaba medio dormido y el frescor matutino sin duda le despejaría la cabeza. Eso y una calada.
Al salir del centro miró a su alrededor con otros ojos, sabiéndose solo. La escena era peculiar: muchas casas hasta las montañas, una autopista vacía… ni un alma. Si no conociera las circunstancias, diría que era un remanso de paz. El paisaje cambió al darse la vuelta. El centro era una de las naves de la base militar adyacente al aeropuerto de Los Rodeos, del resto la mayoría se desalojaron durante la evacuación, salvo unas pocas que albergaron a los militares recientemente desaparecidos.
El suelo tembló levemente bajo sus pies. Se empieza a enfadar, pensó. Y es que los seísmos se habían convertido en el termómetro de la actividad del volcán. Poco a poco, la frecuencia de estos crecía. Todo apuntaba evidentemente al mismo desenlace, pero no se ponían de acuerdo sobre su gravedad. Algunos creían que se producirían meros escapes de de lava, al estilo de sus últimas erupciones. Otros, entre los que se encontraba Marcos, apostaban por un desenlace más dramático. Dicha opinión fue la que originó la rápida pero paulatina evacuación de los ochocientos mil habitantes de la isla, y fue postulada inicialmente por el geólogo francés Alexandre Liens. Al principio fue tachada de enormemente alarmista, pero en opinión de Marcos, aumentaba de peso. En concreto, le preocupaba que últimamente el tamaño del área que cubría los temblores más fuertes creciera junto a la frecuencia de estos. Sabía Dios lo que luchaba por salir de allí abajo, y conociendo la historia geológica del Teide y de las islas, era normal que la crisis trascendiera sobre los asuntos meramente españoles, y todos los países que daban al atlántico pusieran discretamente su atención sobre el volcán.
El sonido lejano de un avión interrumpió sus pensamientos. ¿Por fin volvían los militares? ¿A instalarse de nuevo o a recogerlos? Al darse la vuelta divisó un avión que volaba a gran altura y cuya figura no pudo discernir demasiado bien. La decepción le abatió al ver que pasaba sobre su cabeza sin cambiar de rumbo. Otra vez será.
Iba a encender otro cigarro de vuelta al centro, cuando un enorme estruendo le hizo caer al suelo. Miró atrás levantándose rápidamente y aguantando la respiración: en el lugar de la torre de control del aeropuerto, sólo había humo y llamas, y aquella parte de la pista estaba destrozada.
Supo al instante lo que eso significaba.
Corrió al interior del centro dando gritos, aunque algunos ya habían bajado aprisa para ver qué pasaba. ¡Nos atacan! ¡Salid! ¡Están bombardeándonos! De todas formas todos oyeron la explosión. La confusión era enorme, algunos se quitaban las legañas en ropa interior preguntando por la situación y Marcos gritaba que salieran de allí con lo indispensable, al tiempo que él mismo recogía algunas de sus cosas.
Afuera se reunió el grupo, que penetró a Andrés con la mirada preguntándole por la mejor dirección para huir de allí. Al isleño le temblaba el labio inferior, no podía creer lo que estaba pasando. En cuanto le pudieron arrancar una dirección, salieron corriendo de allí, azuzados por el sonido del avión regresando. Se encontraban relativamente ocultos por la vegetación, por lo que exhaustos, se detuvieron a recuperar el resuello, y ver qué hacía el avión en la segunda pasada.
-¿Sabe alguien algo sobre ese avión? -preguntó Ana.
-Está demasiado lejos -respondió Cristina, geóloga gallega de treinta y tres años.
-Señores -dijo Francisco elevando el tono de voz para no verse interrumpido por cualquier otra conversación-. Alguien no ha gritado por el humo.
-Habla con claridad -le dijo Girome.
Pero Ana echó un vistazo alrededor, sabiendo a qué se refería.
-Es verdad, falta Sven.
-¿Lo hemos dejado atrás? -preguntó Roberto estupefacto.
-Se quita el sonotone para dormir -replicó Marcos golpeándose la frente-. ¿No le avisó nadie en el dormitorio?
-Nos levantamos alertados por la explosión, no caímos en que hubiera que avisar a nad… -dijo Andrés, viéndose interrumpido precisamente por una estruendosa explosión.
El centro y algunas naves adyacentes se encontraban reducidos a escombros flamígeros.
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A pesar de que lo siento por Sven… esto está cada vez más interesante.
Por cierto, he enlazado ”nos dejan” desde dos de mis blogs, sin embargo te recomiendo que registres el podcast en http://www.podcastellano.com para que te entren más visitas a oirte.Enhorabuena y Suerte…
Gracias por los enlaces Kevin. Ya lo había añadido a Podcastellano. Un saludo.
Hasta ahora de diez, son las 3 de la madrugada y estoy leyendo este relato apasionante.