Día 2 - “Desconcierto” (II)
Cuando Andrés despertó, se encontraba solo. Soñó que se levantaba a media noche, descubriendo horrorizado al mirar por la ventana que la lava cercaba el centro y comenzaba a quebrar su estructura. Fue un descanso pesado y estuvo unos minutos desorientado antes de levantarse. Tras vestirse, bajó al salón de la planta baja, donde estaba la mayoría sentada en silencio con algunos dormidos sobre la mesa, sus cabezas sobre los brazos.
-¿Se ha sabido algo? -dijo sin elevar mucho la voz.
-Que la cosa está que arde en la isla de al lado -dijo Manuel.
-Qué agudo -añadió Francisco quitándose la gorra, visiblemente cansado.
-Explíquense, coño -replicó Andrés con nulas ganas de hacerse de rogar.
-La costa visible de Las Palmas está… -quiso explicar Roberto.
-¡Humo, mucho humo! -dijo Sven alzando la voz.
-Y dale con el humo. Que sí, abuelo -respondió Francisco molesto tras el sobresalto de Sven, como si tuviera resaca.
-Hay tres enormes humaredas localizadas a lo largo de la costa -dijo al fin Roberto.
-Demasiado localizadas -añadió Ana por su parte, apoyada en la pared.
Tras mirar a cada uno como si siguiera un partido de tenis, Andrés decidió salir afuera para verlo con sus propios ojos. Desde aquella posición, cuando había buen tiempo se podía apreciar en la lejanía la zona costera de la capital de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria. En efecto, el tiempo era bueno, pudiendo apreciar un par de penachos débiles de humo y un tercero más consistente un poco más lejos. Lo primero que pasó por su cabeza es que no recordaba que hubiera volcanes en aquellos puntos. Lo segundo, que no sabía que el Teide pudiera provocar tal reacción en cadena. Nada mejor que la opinión profesional de los geólogos para salir de dudas, y daba la casualidad de que convivía con un montón de ellos. Volvió a entrar intentando imaginarse lo que pasaría si las demás islas empezaran también a erupcionar.
-Has dicho tres enormes -le dijo a Roberto-. Yo sólo he visto una humareda grande y dos flojitas.
-Punto para mí -dijo Francisco frotándose los ojos y volviéndose a poner la gorra-. La humareda se va.
Se oyeron gruñidos a lo largo de la mesa, y algunos despertaban preguntando por las novedades. Por su parte, Andres decidió sentarse y esperar resignado a que ellos se explicaran a su ritmo.
-Tíos, reconoced que puede tener razón -dijo Ana cruzando los brazos.
-La rubia me da la razón -añadió Francisco volviéndose hacia los demás en su silla giratoria-. ¿Qué más queréis?
-No me llames así -le dijo Ana enfadada.
-De acuerdo, la teñida me da la razón. Oh, venga… sabéis dónde habéis visto esas humaredas antes -dijo pendiente de quién respondía. Pero nadie lo hizo-. En la tele, señoritas, y no hablando de volcanes.
-¡Pero de qué están hablando! -reventó Andrés.
Francisco se giró hacia él con la cabeza ladeada, sorprendido.
-Ah, cierto, tú has estado en coma desde anoche. Que alguien se lo diga, yo estoy cansado de repetirlo.
-Algunos creemos que se trata de un bombardeo -dijo Ana con tono fúnebre mirando el suelo, aún de brazos cruzados.
En el resto de la mesa apenas se oyó algún bufido cansado de incredulidad.
-¿Cómo que un bombardeo? -dijo Andrés alarmado por la escasa reacción contra la postura de Francisco- ¿Cómo pueden sugerir eso y quedarse tan tranquilos? ¿Un bombardeo en Las Palmas? Eso es… ¿Saben lo que están diciendo?
El tinerfeño caminaba a lo largo de la mesa, cabizbajo y respirando agitadamente.
-Cálmate -le dijo Sven-.
-¿Que me calme? ¡Tengo familia allí, joder! ¿Me están asustando por unas humaredas?
-De momento es una posibilidad -dijo Ana mirándole al fin-, pero hay que tomarla en serio. O se han producido tres buenas explosiones accidentales a lo largo del mismo rato, o se trata de un ataque artificial. El origen geológico está prácticamente descartado.
-Exacto -dijo Roberto-. No es más raro que haber perdido la comunicación, por ejemplo. Diría que eso y la ida de los militares tiene relación con esas humaredas. Algo gordo ha pasado fuera de las islas mientras casi todos dormíamos anoche.
A Andrés no le quedó más remedio que sentarse, apoyando la cabeza en ambas manos.
-Abusón -le dijo Francisco a Roberto-, ya has deprimido al chaval, y encima no por creer que llevo razón sino para hacerle la pelota a la tía que te llevas intentando tirar desde…
-Un día -cortó Roberto-, te vas a llevar una buena ostia por esa bocaza tan grande que tienes.
-Te has pasado -concluyó también Ana.
-¡Bien! También tengo el apoyo del toledano entonces -sentenció Francisco-. Si se atreve a amenazarme es que efectivamente considera la comunicación con el exterior razonablemente remota.
Andrés les miraba descompuesto.
-¿Se atreven a sugerir una tercera guerra mundial y se lo toman a broma?
-Estos geólogos ¿Eh? -dijo Francisco mirando a los demás con desaprobación.
-¿Podría ser lo del bloqueo de Taiwan? -dijo Marcos, geólogo catalán de cuarenta y cinco años-. La cosa estaba muy jodida la última vez que tuvimos noticias. Tal vez haya explotado todo por ahí.
Se produjo entonces una acalorada discusión sobre la actualidad que duró hasta bien entrada la tarde. Marruecos apoyaba a China en el bloqueo, mientras que España la censuraba desde la coalición occidental. ¿Era un ataque marroquí? Pero era un nexo débil para un ataque tan lejano del lugar del conflicto por protagonistas indirectos del mismo. O eso parecía si se consideraba aisladamente. Tal vez sólo fuera la extensión de un pifostio más grande. Lo cierto era, apuntó Marcos, que Canarias estaba considerada como un enclave estratégico en el atlántico, y poseía no pocos enclaves militares. Las explosiones en la isla vecina debían tener ese objetivo.
-¿Significa -replicó Francisco con voz más seria y retorciéndose el bigote- que no soy el único preocupado por el hecho de que estemos charlando en una base militar?
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