Ene
Día 1 - “Solos”
-¿Cómo está nuestra montañita esta noche? -dijo Andrés frotándose las manos, muerto de frío. Andrés era el miembro más joven del centro, con veinticinco años. Se había levantado la niebla, y el personal de guardia del centro de investigación de Los Rodeos permanecía rutinariamente atento a los datos de los instrumentos.
-Mucho más caliente que nosotros, eso te lo aseguro -respondió Girome. Francés, alto, de piel morena y treinta y dos años-. Pero hoy no va a pasar nada, tranquilo. ¿Ya te quieres ir?
-No me entiendas mal. Soy el único isleño que sigue aquí después de la evacuación, y pretendo ser el último en irme.
Tras esto Andrés se quedó pensativo. Sabía que su permanencia era una cuestión más política que práctica. El grupo de investigación tenía mapas por satélite y guía GPS, a él no le necesitaban en absoluto. Pero todos los tinerfeños en el exilio exigieron que uno de ellos permaneciera, y así ocurrió. Fue muy extraño, pasado el año y medio de evacuación, encontrarse prácticamente solo en una isla de casi un millón de habitantes. De eso hacía tres años.
-Tal vez haya suerte, y el volcán se calme. La probabilidad es baja, pero está ahí -quiso tranquilizarle Girome al verle así.
-Ahora pareces de Protección Civil -bufó Andrés-. A mí no hace falta que me des esperanzas. Estoy aquí, siento los temblores. Si todo fuera bien, a ustedes les dejarían hablar con el público y la prensa de lo que investigan. Y conmigo, claro.
Girome sonrió.
-Tranquilo. Estamos al lado del aeropuerto, en cuanto tengamos señales inequívocas de que va a reventar, vuestro ejército nos sacará zumbando.
-Pues a mí lo que me quita el sueño es esa señal inequívoca. No termino de ver un volcán avisando de que…
El suelo vibró levemente, en un veloz tamborileo. Girome atendía los instrumentos, mientras Andrés le miraba con el corazón en un puño.
-Está dando pataditas -le dijo el vulcanólogo-. Lo normal.
-La madre que les parió -se limitó a decir Andrés-. Los guanches tenían razón, es el puto infierno.
-¿Los guanches?
-Los antiguos aborígenes de las islas. Por aquí llamaban al Teide Echeyde, que significa Infierno.
Girome silbó, impresionado.
-¿Alguna novedad? -dijo una voz femenina con acento andaluz aproximándose.
Era Ana Esquivel, una de las geólogas del centro. Se sentó con una taza de algo humeante junto a Andrés y Girome.
-Sólo otro temblorcito -respondió este último.
-Sí, lo sentí. Lástima… Mañana es mi relevo, y no creo que vuelva. Tenía esperanza de que ocurriera algo emocionante.
-Si ocurre, creo que será él quien las vea -dijo Girome señalando a Andrés-. No tiene los seis meses de límite de permanencia.
-Ni obligaciones, qué suerte -añadió ella.
-No tiene gracia -dijo Andrés.
-¿A qué te refieres? -dijo Ana.
-A lo que le hacéis al chaval -dijo Francisco uniéndose al grupo. Nadie se llevaba bien con él. Era uno de los técnicos de mantenimiento del centro, madrileño de mediana estatura, cuarenta y un años, con una característica gorra azul y un gran bigote.
Ana torció el gesto al verle entrar.
-¿Y qué le hacemos al chaval, Alatriste?
-Veamos… ¿Quiénes habitamos este escupitajo sobre el océano? Están los militares de la base de al lado, que os traen y sacan de aquí. Luego, en este centro habemos veinte entes pululantes entre los vulcatontos, que hacen apuestas para ver qué día revienta el grano, los técnicos que os acondicionamos el lugar y nos aseguramos de que todo funciona y luego Andrés… que… ah sí, se asegura de que todo se hace con respeto al patrimonio natural e histórico de la isla. En la tele queda fenomenal.
-Gracias -replicó Andrés con fastidio.
-No has respondido -inquirió Ana.
-De acuerdo -dijo Francisco-, haré el resumen para rubias. Vosotros los buscagranos tenéis que pasar mil pruebas y convocatorias para poder estar aquí, os pegáis y pisáis por el impulso que esta isla puede dar a vuestras carreras. En cambió él se rasca el ombligo y tiene la permanencia asegurada.
-Tú tampoco haces demasiado -dijo Girome.
-Cierto, y además también llevo aquí más tiempo que vosotros porque los técnicos no se turnan. De hecho me odiáis porque gracias a eso no tengo que fingir que me caéis bien con la esperanza de agradar al psicólogo de la comisión y así repetir turno. Y es liberador, creedme…
Se vio interrumpido por el lejano rugido de una turbina, que provocó un cruce de miradas en busca de una respuesta.
-¿Hoy tocaba abastecimiento? ¿O se ha adelantado el relevo? -inquirió Girome.
-Nos habrían avisado -añadió Ana-. Y me extraña que ocurra en mitad de la noche. Debe de tratarse de asuntos militares. Voy a ver qué dicen en la central.
Andrés notó cómo crecía el coro de turbinas, mientras Girome se frotaba las manos una vez más. Ana regresó con el teléfono, negando con la cabeza.
-Eh, Algarrobo, el trasto este no funciona. ¿Se ha quedado sin cobertura?
-Es un teléfono por satélite, querida -replicó Francisco-, no se puede quedar sin cobertura.
-¿Has probado con el ordenador? -intentó Girome- A lo mejor sólo se trata del canal de voz.
-Fue lo primero que inten… ¿Pero qué pasa? -dijo la geóloga interrumpiéndose al oír las aspas de un helicóptero unirse a las turbinas.
Francisco intentó comunicarse con la base desde la consola. Ante el silencio posterior, y el nuevo cruce de miradas general, los cuatro miembros del centro de investigación que seguían despiertos salieron corriendo al exterior, en dirección a la base militar provisional de Los Rodeos, adyacente al centro. El frío húmedo cortaba la respiración, y la iluminación era escasa: los focos habitualmente deslumbrantes de la base estaban apagados.
La carrera se hizo más confusa a medida que se acercaban. Grandes figuras oscuras recorrían la pista del aeropuerto para elevarse en el aire. Algunas, al dar la vuelta en el asfalto iluminaban todo el panorama, revelando el movimiento generalizado.
-¡Eh! -gritó Andrés a sus compañeros entre jadeos- ¿Qué carajo está pasando?
Se toparon con una verja metálica que les impidió seguir.
-Dios mío -dijo Ana agarrando la verja con ambas manos-. Todos… todos…
-¿Todos qué? ¿Eh? -dijo Andrés desconcertado, mirando a ambos. Girome permanecía en un triste silencio.
-Nos dejan… -dijo Ana- ¡Nos dejan! ¡Mierda! -gritó zarandeando el telón de metal.
-¿Cómo? -preguntó Andrés incrédulo- ¡No nos pueden dejar aquí solos! ¡No pueden!
-Lo están haciendo -dijo Francisco llevándose una mano a la cabeza.
-Girome, despierta a todos en el centro, y que traten de comunicarse con la central para ver qué están haciendo estos hijos de puta. Yo voy a intentar dar un rodeo y comprobar si dejan a alguien en la base.
Girome asintió y echó a correr de regreso, mientras Ana hacía lo propio en dirección opuesta. Solo, y presa del pánico, Andrés pensó que era buena idea acompañar a Girome. Francisco se les unió.
-¡Arriba todos, vamos! -gritó Andrés junto a Girome en el barracón. Figuras perezosas se retorcían en las literas, entre gemidos de molestia.
-Los militares se están yendo -dijo Girome-. Todos. Nos dejan.
-¿Qué? -dijo una chica apenas incorporada en su cama.
-¿Qué dice la central? -añadió otro.
-No tenemos comunicación con la central. Ana lo ha intentado con el ordenador y el teléfono, pero estamos incomunicados. Así que, venga, los técnicos a trabajar. ¡Arriba!
-¡Señor, sí señor! -dijo Francisco soltando un bufido, poco acostumbrado a recibir órdenes.
La puerta al dormitorio se volvió a abrir.
-¡Ana! -dijo Girome-.
Ella se acercó en silencio a su cama, ignorándole. Tras sentarse en ella y con el mismo silencio, se cubrió ojos y frente con la mano, respirando profundamente. Con parsimonia, sus manos frotaron unos ojos llorosos, y tras mirar a la pared para ver si se le pasaba, encaró a los demás.
-Estamos solos.
Un nuevo temblor de tierra les hizo recordar, además, dónde.

