May
Día 5 - Supervivencia (II)
-Yo creo que deberíamos volver, a avisar a los demás -dijo Manuel.
A Cristina le costaba pensar. El día anterior vieron un vehículo -tal vez una furgoneta- perderse en una carretera lejana. Hasta este momento, casi al mediodía, estuvieron dándole vueltas al asunto y ninguna suposición era buena. Casi todos pensaban en los aún anónimos atacantes del igualmente desconocido conflicto que se estaba produciendo en el exterior. ¡Pero ya estaban en el sur de la isla!
-Estamos ya cerca del puerto, Manuel -dijo ella-. Me duelen los pies de caminar, no vamos a volver ahora sólo porque hemos visto un coche.
Manuel tampoco parecía muy apasionado por su propia idea.
-Lo que usted diga. Sólo digo que deberíamos hacerlo. Es mi opinión, señora.
-Tomo nota, y me llamo Cristina. ¿Y si son de los nuestros? ¿Y si han venido desde La Gomera a rescatarnos?
-No los vi yendo al norte, precisamente.
-Pues tendremos cuidado. ¿Hemos descansado ya? -dijo Cristina a los demás. Caras un poco cansadas asentían. Si alguien tenía la misma preocupación que Manuel, no lo reveló-. Muy bien, vámonos.
Cargando su mochila, encabezó la marcha. No sabría decir cuánta confianza tenía el grupo en ella, la presunta furgoneta era una variable completamente nueva y la idea de regresar a la estación de guaguas, muy tentadora. Empezaban a divisar a lo lejos la torre de control del antiguo aeropuerto del sur -Tenerife tuvo dos aeropuertos operativos-, lo que les animó a continuar, pues sabían por las indicaciones de Andrés que el puerto estaba poco después, y era muy probable que en los alrededores hubieran barcas de pesca dejados por sus dueños en la evacuación.
-Uh… espera… -dijo Manuel agudizando la vista.
Todos se pararon, pendientes de él, pues fue Manuel el primero en advertir el vehículo el día anterior.
-¡Ahí viene otro! -dijo en voz alta mirando a Cristina.
Cristina dudó. ¿Lo esperaban? ¿Se escondían?
-Señora, haga usted lo que crea conveniente. Yo me abro, con su permiso.
Los demás no tardaron en seguir a Manuel, lo que no dejó a Cristina otra opción que seguirles. Se escondieron tras los arbustos que había al otro lado de la carretera, y en silencio esperaron.
El sonido tímido de una mosca se fue convirtiendo en el claro rugido de un motor pesado. Estupefactos, contemplaron a un camión con la carga cubierta de lona y un…. soldado custodiándola. Al menos eso es lo que parecía, portaba un uniforme verde oscuro, con gorra del mismo color, y una especie de metralleta colgando del hombro. Por lo poco que pudieron verle la cara, sus rasgos parecían occidentales.
Cristina, apurada al ver cómo se alejaba el vehículo, se dirigió a Manuel.
-¡A lo mejor son de los nuestros! ¡Podemos decirles dónde están todos!
-Salvo que hayan cambiado de modista ayer, ese tío no era un militar español, señora. ¡Escuchad!
¿Otro vehículo? No, esta vez Manuel miraba al cielo, de cara al mar. Un avión de grandes dimensiones volaba cada vez más bajo en dirección hacia ellos.
No cabía duda. Iba a aterrizar en el aeropuerto.
* * *
-¿Nadie tiene cremita de bronceado? -dijo Francisco molesto-. ¡Cómo atiza el Sol por aquí, si ayer nos comía el frío!
-Aunque se venda esto como un paraíso tropical, el clima cambia muy bruscamente, tanto en el tiempo como por la zona -replicó Andrés.
El aire era relativamente fresco, pero engañaba porque el Sol era implacable con la piel. Al comienzo de la fila de caminantes, Marcos y Ana reían aparentemente ajenos a este hecho, y Roberto les secundaba intentando entrar en sus conversaciones sin demasiado éxito. Entonces Marcos se detuvo, mirando al frente. Habían tomado una curva que les descubrió un paisaje nuevo para ellos, que provocó gritos de júbilo entre los geólogos.
-Estamos en el Sauzal -dijo Andrés.
Una enorme ladera verde con pequeños cúmulos de viviendas llegaba hasta el mar. Al fondo asomaba un gran núcleo urbano en la costa, y más allá, sobre una débil fila de nubes, se alzaba el Teide. Expelía una notable fumarola desde el cráter, que no había cambiado demasiado desde las últimas imágenes que vieron en televisión.
-¡Así que este es el gran grano! -exclamó Francisco- No parece gran cosa.
-Porque estamos lejos -replicó Andrés.
Marcos y Andrés comentaron el paisaje, y los demás miraban asombrados, sus manos en la frente y los ojos entrecerrados.
Ana, por su parte, se sentó en una piedra tras el grupo para reorganizar su mochila porque algún objeto se le estaba clavando en la espalda y molestaba al caminar. Francisco se aproximó discretamente a ella, hasta ponerse a su lado. Hacía como que miraba también el volcán.
-¿Todo bien? -dijo sin mirarla.
Ana alzó la cabeza, extrañada.
-¿Por qué?
-El viaje es largo y la situación es tensa. Conviene que estemos todos serenos.
-Pero si yo estoy estupendamente -protestó ella.
Francisco sonrió sin ganas, aún mirando el volcán.
-Tú siempre te las arreglas para estar estupendamente, eso ya lo sé. Aún a costa de tener a Roberto de perrito faldero y mirando a Marcos con ganas de rebanarle el pescuezo. Así que vigila lo que haces con el menda, porque yo te voy a vigilar a ti.
Ana volvió a protestar más enfadada, pero Francisco ya regresaba con el resto del grupo. Notó que el entusiasmo no era el mismo e intentaban divisar algo en dirección al volcán.
-¿Qué pasa? -dijo al fin sin poder reprimirse.
-Es en aquel lado -le decía Andrés a Marcos, señalando el volcán-. ¿Lo ves?
Marcos agudizaba la vista cuánto podía.
-Podría ser.
-Yo sí lo veo -dijo Roberto.
-Créeme -insistió Andrés-, estoy muy acostumbrado a la silueta del Teide. Eso es nuevo.
-Si vais a ignorarme hacedlo con estilo -se quejó Francisco.
-Un lateral del Teide está más abultado que de costumbre -le dijo Andrés.
-¡Vaya! -exclamó Francisco- ¿Al gran grano le ha salido otro? ¿Y eso es bueno o malo?
-Si lo que dices es cierto -dijo Marcos ignorando nuevamente a Francisco-, la presión ahí abajo debe de ser descomunal, y ya está buscando por dónde salir.
-Ya veo, malo -sentenció el técnico.
-¿Y eso que significa? -preguntó Andrés a Marcos.
Este se limitó a negar con la cabeza y volver a por su mochila.
-¿A que jode? -le dijo Francisco a Andrés-. Pero para que veas que yo no te ignoro, diría que el gran grano está a punto de caramelo.
-No tiene gracia -replicó Andrés.
-¡En marcha! -gritó Marcos dando palmadas a los obnubilados por el volcán.
-¿Cómo que en Marcha? -protestó Roberto-. Íbamos a descansar aquí.
-No creo que tengamos tanto tiempo -se limitó a decir Marcos.

